El mito de que las mujeres son más empáticas por naturaleza

Desde chicos escuchamos la misma idea repetida hasta el cansancio: las mujeres son más empáticas por naturaleza que los hombres. Está tan instalada que casi nadie la cuestiona. Parece algo obvio, casi biológico, como si viniera de fábrica. Pero cuando empezás a mirar qué dice la ciencia, la historia y la psicología moderna, el panorama se vuelve mucho más interesante… y bastante menos cómodo.

Esta nota no busca enfrentar géneros ni repartir culpas. La idea es simple: entender de dónde sale este mito, por qué sigue vivo y qué efectos reales tiene en la forma en que educamos, trabajamos y nos relacionamos.

De dónde nace la idea de que la empatía es femenina

Durante siglos, a hombres y mujeres se les asignaron roles emocionales distintos. A ellas, el cuidado, la sensibilidad y la comprensión. A ellos, la firmeza, la autoridad y el control. No porque fuera así por naturaleza, sino porque así funcionaban las sociedades.

Ya en el siglo XVIII, la filósofa Mary Astell ironizaba sobre cómo, cuando una mujer hacía algo grande, se decía que en realidad actuaba “como un hombre”. Incluso la reina Isabel I llegó a declarar que gobernaría como un rey, como si gobernar fuera incompatible con lo femenino.

Aunque hoy suene antiguo, esa lógica sigue operando de forma más sutil. Todavía asociamos empatía con mujeres y asertividad con hombres, incluso cuando ambos muestran el mismo comportamiento.

Qué entendemos realmente por empatía

Antes de seguir, conviene aclarar algo clave: empatía no es una sola cosa.

La psicología suele dividirla en dos grandes partes:

Empatía cognitiva: entender lo que otra persona piensa o siente.

Empatía emocional: sentir una respuesta emocional frente a lo que le pasa al otro.

No es solo “ser bueno” o “ser sensible”. Es un conjunto de habilidades que se pueden observar, medir y, sobre todo, aprender.

La teoría biológica y las hormonas

Uno de los defensores más conocidos de la idea de diferencias biológicas es Simon Baron-Cohen, psicólogo de la University of Cambridge. Según su enfoque, el cerebro femenino estaría más orientado a la empatía, mientras que el masculino se inclinaría a la sistematización, es decir, a analizar reglas y patrones.

Parte de esta teoría se apoya en estudios sobre testosterona prenatal, donde se observó que niveles más altos de esta hormona durante el embarazo se asocian con menor rendimiento en pruebas de empatía y mayor habilidad para sistematizar.

El punto importante es este: incluso estos estudios reconocen que la biología no actúa sola. La empatía surge de una mezcla compleja entre factores biológicos y sociales.

Por qué muchos científicos cuestionan esta idea

La neurocientífica Gina Rippon critica duramente lo que llama el “mito del cerebro femenino”. Su argumento es simple pero potente: el cerebro humano es extremadamente moldeable, sobre todo en la infancia.

Cuando se analizan estudios a gran escala, las diferencias entre hombres y mujeres en empatía suelen ser pequeñas. Mucho más pequeña que la enorme variación que existe dentro de cada grupo. En otras palabras: hay hombres muy empáticos, mujeres poco empáticas, y de todo en el medio.

De hecho, en estudios realizados en decenas de países, en muchos casos no se pudieron explicar las diferencias ni atribuirlas a causas claras.

¿La empatía está en los genes?

En 2018, una investigación genética masiva analizó la empatía en más de 46.000 personas. El resultado fue revelador: solo alrededor del 10% de la variación en empatía se explica por genética.

El estudio fue liderado por Varun Warrier, también de Cambridge, quien señaló que ningún gen asociado a la empatía está vinculado al sexo.

Esto deja un mensaje claro: si la genética explica tan poco, el entorno explica muchísimo.

La empatía no nace se aprende

Acá entra en juego la socialización. Desde edades muy tempranas, a las niñas se las anima a hablar de emociones, a cuidar, a ser amables. A los varones, en cambio, se les enseña a no llorar, a “bancársela”, a competir.

Los juguetes, los elogios, los retos, todo refuerza esa diferencia. Con el tiempo, no es raro que las mujeres expresen más empatía, porque aprendieron que eso es lo esperado y valorado.

No porque puedan más, sino porque se les permitió más.

El poder también afecta la empatía

Otro factor poco discutido es el poder. Numerosos estudios muestran que cuanto más poder tiene una persona, menos necesidad tiene de ser empática.

Históricamente, los hombres ocuparon más posiciones de poder político, económico y social. Eso reduce la necesidad de leer emociones ajenas para sobrevivir o adaptarse.

En cambio, quienes tienen menos poder —ya sea por género, clase social o contexto— suelen desarrollar una mayor capacidad para interpretar a los demás. No por virtud moral, sino por necesidad.

La empatía como habilidad maleable

El neurólogo Nathan Spreng, de la McGill University, sostiene algo fundamental: la empatía no es fija, cambia a lo largo de la vida.

Cuando las personas entienden mejor el rango de emociones humanas y prestan atención activa, su empatía mejora. No importa el género.

De hecho, estudios neurológicos recientes muestran que el cerebro de hombres y mujeres responde de manera muy similar ante imágenes emocionales. La diferencia aparece cuando se les pide que evalúen su propia empatía.

El efecto de las expectativas sociales

En experimentos donde se les dice a los hombres que “los hombres también son buenos cuidando y compartiendo emociones”, las diferencias de empatía desaparecen.

Esto muestra algo clave: muchas mediciones no miden capacidad real, sino motivación y expectativas.

Las mujeres suelen esforzarse más en pruebas de empatía porque socialmente es un rasgo deseable. Los hombres, cuando sienten que no se espera eso de ellos, bajan el esfuerzo.

Motivación y recompensa

La psicóloga Sara Hodges, de la University of Oregon, mostró que cuando se ofrece una recompensa por interpretar bien emociones, ambos sexos mejoran por igual.

Esto refuerza la idea de que la empatía no es una esencia interna, sino una habilidad que se activa cuando importa.

El lado oscuro de la empatía

No todo es color de rosa. La empatía también puede usarse para manipular. En negociaciones, liderazgo o relaciones desiguales, entender lo que el otro siente puede servir para influir o explotar.

Por eso no conviene idealizarla ni asignarla a un solo género. Es una herramienta humana, con usos positivos y negativos.

Consecuencias reales de este mito

Creer que las mujeres son naturalmente más empáticas tiene efectos concretos:

Se las asocia menos con liderazgo, porque el liderazgo se vincula con dominancia.

Se espera que carguen con más tareas de cuidado.

Se les exige empatía incluso cuando están en desventaja.

En el otro extremo, a los hombres se les dificulta pedir ayuda emocional, lo que se relaciona con mayores niveles de soledad y suicidio masculino.

Nuevas masculinidades y cambio cultural

El sociólogo Niall Hanlon, de la Technological University Dublin, sostiene que estamos en medio de una transición cultural.

Cada vez más hombres participan activamente en la crianza, el cuidado y la vida emocional. No porque “ayuden”, sino porque forman parte.

Este cambio abre la puerta a una masculinidad más empática, menos solitaria y más saludable.

 Romper el mito

No elogiar la empatía como algo femenino, sino humano.

Permitir a los chicos expresar emociones sin burlas ni castigos.

Valorar el cuidado como fortaleza, no como debilidad.

Recordar que la empatía se entrena, no se hereda.

La empatía no pertenece a un género. Es una capacidad humana que florece cuando el entorno lo permite.

Y cuanto antes dejemos de tratarla como un rasgo “natural” de unos y ajeno a otros, más espacio vamos a tener para relaciones, trabajos y sociedades más justas y reales.

Publicar un comentario

Artículo Anterior Artículo Siguiente