La historia arranca el 18 de enero de 2020, una madrugada que quedó marcada para siempre. Ese día, un grupo de jóvenes —los rugbiers que todos conocimos después— terminó asesinando brutalmente a Fernando Báez Sosa a la salida del boliche Le Brique, en Villa Gesell. Desde entonces, el caso se convirtió en una herida abierta para el país entero.
Y acá aparece algo que no siempre se cuenta, pero que pesa igual o más que todo lo que salió en los medios. A veces una historia te golpea fuerte justamente cuando mirás lo que no está. Y en esta, esa ausencia tiene nombre y tiene rostro: Julieta Rossi, la novia de Fernando, una chica que eligió callar, mantenerse lejos del ruido mediático y tratar de seguir viviendo...
Cuando la ausencia también habla
El documental de Netflix puso otra vez el caso en la cabeza de todos, pero dejó un hueco que generó preguntas: ¿dónde está Julieta?, ¿por qué no aparece?, ¿cómo siguió su vida después de perder a Fernando de forma tan brutal? Lo cierto es que ella tomó una decisión que, vista de cerca, es más humana que misteriosa. Quedarse afuera del juicio, de la cámara y de la discusión pública no fue una fuga: fue un modo de preservarse en medio de un dolor que la desbordó.
En los primeros meses, Julieta estuvo al lado de los padres de Fernando, marchó, acompañó, lloró con ellos y con un país entero que pedía justicia. Pero no pudo sostener ese ritmo. Graciela Sosa llegó a decir que verla sufrir era revivir todo cada vez. Y ahí se entiende ese distanciamiento natural que se fue dando, sin conflictos ni enojos: simplemente una chica de 18 años tratando de no romperse más.
La salud mental como prioridad
Su papá fue quien habló en el juicio. “No está emocionalmente preparada”, explicó. Y tenía sentido. Revivir la escena, escuchar testimonios, enfrentarse a los rugbiers… no era un trámite. Era volver a una noche que le dio vuelta la vida para siempre.
Ese mismo motivo es el que hoy explica por qué no aparece en el documental. No se trata de ocultar nada, sino de no exponer algo que todavía pesa. Un duelo que eligió transitar en silencio, lejos de lo que la consumía.
La danza como refugio y nueva identidad
Con el tiempo, Julieta encontró un lugar donde sí podía respirar: la danza. Ese mundo que empezó como desahogo terminó siendo su proyecto de vida. Hoy tiene 23 años, es bailarina profesional y profesora, y logró construir una carrera sólida en estilos urbanos como reggaeton, heels, femme style y otros ritmos donde la presencia y la actitud lo son todo.
Sus redes muestran ese crecimiento: cientos de miles de seguidores, videos con millones de reproducciones y una energía que se nota distinta, más segura, más propia. Es una forma de contar su historia sin hablar del pasado, sino mostrando quién es ahora.
Da clases en estudios conocidos de Buenos Aires, trabaja en videoclips y shows, y compartió escenario con artistas como Aitana, Ecko, Connie Isla o Flor Vigna. Incluso estuvo en los Premios Ídolo 2025, un paso que confirma que su camino artístico dejó de ser algo personal para convertirse en un trabajo profesional de verdad.
Viajes, formación y un futuro elegido
En 2023 se dio un gusto enorme: viajó a Los Ángeles para entrenar en el histórico Millennium Dance Complex, un templo para cualquier bailarín. “Un sueño cumplido”, escribió en ese momento. Tanto le significó que volvió en 2024 para seguir perfeccionándose. Ese esfuerzo constante habla de una chica que eligió reconstruirse desde lo que ama, no desde lo que perdió.
Un duelo íntimo que nadie más puede medir
Después de la muerte de Fernando, pasó un año entero sin salir ni exponerse. La presión mediática, la tristeza y el shock hicieron que cerrara la puerta y tratara de recomponerse como podía. En ese tiempo publicó su último mensaje para él, uno que luego escondió pero que todavía circula en la memoria de quienes lo vieron: “Mis cartas de amor van al cielo, que es donde te miro para encontrarte”.
No volvió a hablar del tema públicamente. No hizo entrevistas. No buscó cámaras. Lo único que sostuvo fue respeto hacia la causa y hacia la familia de Fernando, aunque su presencia fuera desde lejos.
Una vida que siguió, pero con cicatrices
Hoy, Julieta Rossi no es “la novia de Fernando”, aunque esa etiqueta le persiga cada vez que el caso vuelve a los medios. Es una artista que pelea por su espacio, una piba que encontró una tabla de salvación en la danza y alguien que decidió cuidar su salud mental sin dar explicaciones. Su historia no es la del espectáculo ni la del morbo: es la de alguien que eligió un camino más silencioso, pero no menos valiente.
Y tal vez por eso su ausencia en las cámaras dice mucho más de lo que podría haber dicho frente a ellas.