“Thad Roberts, el hombre que Robó la luna para su novia” Un gesto que parecía romántico, pero terminó siendo uno de los robos más insólitos y costosos en la historia de la NASA

En el verano de 2002, un joven interno de la NASA llamado Thad Roberts protagonizó una de las historias más extrañas de la agencia espacial estadounidense. Lo que empezó como un gesto que él consideraba romántico terminó convirtiéndose en uno de los robos más insólitos y costosos de la NASA, y en un desastre personal que marcó su vida para siempre.

Thad Roberts, el hombre que robó la Luna para su novia

Un plan que parecía sacado de una novela

Roberts era visto como un estudiante brillante, con aspiraciones de astronauta y un futuro prometedor en la ciencia. Sin embargo, junto con su novia de entonces, Tiffany Fowler, y un grupo reducido de cómplices, elaboró un plan que parecía más de película adolescente que de la vida real: robar rocas lunares recogidas por las misiones Apolo, cuya posesión estaba estrictamente controlada por el gobierno estadounidense.

Según las autoridades, las muestras tenían un valor estimado de 21 millones de dólares, no solo por su rareza, sino por décadas de investigación científica. La motivación de Roberts, al menos según él, no era solo económica: quería “darle la Luna” a su pareja y vivir la fantasía de tener sexo en la Luna, aunque fuera de manera figurada.

Cómo llevaron a cabo el robo

El plan estaba lleno de audacia y, a la vez, de ingenuidad. Roberts usó su acceso como interno, identificaciones falsas y un estudio detallado de los protocolos de seguridad del Centro Espacial Johnson en Houston. Reclutó a Tiffany Fowler y a otra interna, Shae Saur, además de contar con la ayuda de Gordon McWhorter.

La noche del 13 de julio de 2002, entraron a las instalaciones fuera del horario laboral, desactivaron cámaras y, con una sierra eléctrica, abrieron una caja fuerte de 600 libras. Dentro encontraron rocas lunares, un meteorito de Marte y cuadernos con anotaciones científicas de más de treinta años. Luego, en un hotel de Orlando, colocaron las rocas bajo las sábanas para recrear simbólicamente su “amor lunar”, coincidiendo con el aniversario del Apolo 11.

El final inevitable

Sin un comprador seguro, contactaron a un coleccionista belga dispuesto a pagar mucho dinero. Pero este comprador era un informante del FBI. Durante un falso encuentro de venta en Orlando, las autoridades arrestaron a los cuatro involucrados. Además, las rocas habían perdido valor científico y los cuadernos de anotaciones quedaron dañados, destruyendo años de investigación. La NASA calificó el golpe como significativo tanto económica como científicamente.

Consecuencias y lecciones

Roberts fue condenado a ocho años de prisión federal, cumpliendo algo más de seis. Su cómplice McWhorter recibió seis años, mientras que Fowler y Saur evitaron la cárcel gracias a acuerdos judiciales. El sueño de Roberts de ser astronauta murió allí mismo, aunque más tarde intentó reinventarse como divulgador y escritor, publicando un libro y dando charlas motivacionales.

El caso inspiró el libro Sex on the Moon de Ben Mezrich, que detalla la operación, la psicología de Roberts y las fallas de seguridad de la NASA. Las investigaciones posteriores revelaron que el robo fue posible por exceso de confianza en los internos, controles insuficientes y subestimación del riesgo. Desde entonces, los protocolos de seguridad se reforzaron notablemente.

¿Romance o ego disfrazado?

Aunque Roberts defendió su historia como un gesto de amor extremo, lo cierto es que lo que hizo tuvo consecuencias reales: destruyó patrimonio científico y manchó su vida profesional. Intentar vender las rocas deja claro que detrás del “romance” había también ambición y ego. La fantasía de “sexo sobre la Luna” no cambia que, bajo las sábanas del hotel, celebraban millones de dólares robados, no amor verdadero.

Este caso sigue siendo un ejemplo fascinante de cómo la imprudencia y el deseo de destacar pueden llevar incluso a los lugares más seguros del mundo a un desastre monumental.

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